miércoles, 9 de enero de 2019

El estrés en la infancia acelera la maduración cerebral, pero también aumenta el riesgo de psicopatía

Una reciente investigación ha puesto de manifiesto qué, cuando un niño está continuamente expuesto a situaciones estresante, su cerebro madura más rápido para poder crear mecanismos de defensa ante ese mismo estrés. Este factor incrementa el riesgo de qué, en la edad adulta, muestre un cuadro de psicopatía.

En un estudio conducido en 2018 por el Hospital del Mar de Barcelona, en colaboración con el Parc Taulí de Sabadell, analizó el cerebro de distintas personas diagnosticadas con psicopatía, a través de resonancia magnética, detectando una importante reducción de Sustancia Gris, con respecto a un cerebro estándar, en distintas regiones cerebrales, entre las que destacan el Sistema Frontal-Basal, Temporal Anterior, el Frontal Medial y Cíngulo Posterior, que tienen una especial relevancia en el procesamiento de la estimulación externa, así como con las reacciones sentimentales y comportamentales. Una muy temprana mielinización excesiva y sobreincremento de la Sustancia Blanca podría explicar los resultados encontrados. Cómo dato curioso, estas características son compartidas por aquellas personas que han consumido esteroides por un largo periodo de tiempo.

Psicopatía
Cabe recordar qué se entiende por "psicópata" a aquellas personas con tendencia a un comportamiento antisocial (ya sea a través de actos delictivos, o por un marcado sadismo) sin mostrar síntomas de arrepentimiento por ello.

La literatura científica anterior ya ponía énfasis en qué la experiencia temprana tiene una gran relevancia en la aparición de la psicopatía. El Dr. Jesús Pujol, líder de esta investigación, lo explica de la siguiente forma: "el psicópata puede ser el resultado de un estrés emocional en les primeras fases de la vida, que provoca la hipermaduración de las estructuras del cerebro implicadas en los sentimientos y la toma de decisiones", declaró. 

¿Por qué ocurre esto?


El ser humano tiene una tendencia natural de configurar su imagen de la realidad acorde con la forma que le permita reducir lo máximo posible el estrés y la ansiedad, a modo de mecanismo de autodefensa. Para ello emplea unos atajos mentales, denominados heurísticos, que le ayudan a integrar conclusiones qué, a pesar de ser lógicas, no necesita contrastar empíricamente para convencerse de qué son verdad. Uno de estos mecanismos recibe el nombre de Disonancia Cognitiva, y se activa cuando una persona encuentra una incongruencia con algún esquema mental que tenga integrado, generando una sensación de malestar qué sólo se resolverá cuando se racionaliza la situación (aunque, se insiste, sin necesidad de qué esa explicación sea objetiva). Cuando la situación que genera un alto estrés es continuada en el tiempo (bullying, padres abusivos o negligentes...) aparece igualmente la tendencia a escapar de ese estrés a través de la racionalización y justificación de la situación, cómo por ejemplo se vislumbra en los casos del Síndrome de Estocolmo.

Psicopatía


Estos heurísticos requieren un mínimo de capacidad cerebral que un niño de corta edad puede no poseer. El cerebro humano, qué ya ha demostrado una enorme plasticidad, podría hacer un sobreesfuerzo por madurar más temprano en orden de ayudar a escapar de estas emociones negativas, pero, cómo en cualquier proceso fisiológico, un excesivo sobreesfuerzo en un determinado momento, tiene consecuencias posteriormente.

¿Cuáles son las consecuencias?


el Dr. Pujol explica qué esta sobreaceleración genera una mayor tolerancia al sufrimiento y  capacidad para evadirse de las situaciones adversas, pero añadió qué: "Esto, a la vez, tiene efectos secundarios en forma de falta de escrúpulos y de remordimientos, no tienen freno emocional", aseguró el investigador. En otras palabras, se produce una sobrecompensación. Otras áreas cerebrales no se desarrollan plenamente y esos mecanismos de compensación que permiten evadirse de la realidad y justificar comportamientos catalogados de antisociales funcionan demasiado bien.

Llegado este punto, seguramente las preguntas serían "¿El problema de estas personas es qué no pueden sentir determinadas emociones o, por el contrario, tienen una habilidad exacerbada, así como una tendencia a enmascararlas?", al igual qué "¿Son entonces responsables de sus actos y del daño qué con ellos ocasionan?" Jesús Pujol responde de la siguiente manera: "No afecta a su capacidad de razonamiento, tienen sentimientos, a pesar de parecer fríos emocionalmente. La asociación entre emoción y cognición durante la toma de decisiones está bloqueada, su cerebro se puede catalogar de diferente, anormal, pero son responsables de lo que hacen, de sus actos", explicó.


¿Qué se puede hacer?


Es importante tener claro que la psicopatía no es una enfermedad, así que no tiene cura. Al igual que sucedería con un amplio rango de trastornos mentales, como un TOC, una propensión genética a la ansiedad o a la depresión... una vez que el afectado tome conciencia de su condición, a través de terapia puede aprender técnicas y pautas que le permitan reducir tanto la frecuencia, como los efectos negativos de la sintomatología de su condición.

cerebro psicópata
Comparación de un cerebro normal con el de un psicópata.
| Foto: scienceleadership.org
A pesar de lo expuesto, a nadie se le escapa qué en estos casos podemos hablar de la pescadilla qué se muerde la cola, ya qué las características específicas de este trastorno dificultan la toma de conciencia por parte del afectado. Hay que tener en cuenta qué es muy habitual qué estas personas haga pensar a los demás que son ellos los que tienen un problema, además qué tenderán a rodearse de personas a las que puedan inculcar este creencia.

Incluso en los pocos casos en los que el psicópata acceda a acudir a terapia, este tipo de trastornos también representa un reto especial para el terapeuta, ya que el trabajo de este depende en gran medida del feedback que le aporte el propio paciente, tanto en la descripción de sus síntomas, cómo en el seguimiento de la terapia (si está siguiendo las indicaciones del terapeuta y qué consecuencias está teniendo). Hay que afrontar la dura realidad de qué algunos psicópatas acuden a terapia sólo para aparentar ante su entorno qué "está haciendo algo para mejorar", cuando en realidad está haciendo caso omiso de la misma.

Todo lo expuesto anteriormente es una llamada a la realidad, pero no a la pérdida de esperanza. Algunos estudios han mostrado la eficacia de las terapia cognitivo-conductuales con este tipo de pacientes y en cuanto a la alternativa farmacológica, a falta de un número mayor de ensayos clínicos, parece prometedor. Seguramente estos nuevos descubrimientos aporten una valiosa información acerca de cómo enfrentar esta problemática.