martes, 10 de octubre de 2017

Diferencias de género en cuanto a violencia física. Aproximación biológica, antropológica y social

Existe una fuerte evidencia en cuanto a qué el género masculino es mucho más propenso al empleo de la violencia física, ahora bien ¿Esta diferencia se debe únicamente a factores biológicos?

La evidencia empírica ha puesto de manifiesto en más de una ocasión que en la raza humana, el género masculino es más propenso al empleo de la violencia física que el femenino (el cual tiende más a la violencia relacional). Por poner un ejemplo, en el año 2002 la ONU publicó un estudio que exponía que cerca del 96% de la población reclusa mundial pertenecía al género masculino, manteniéndose este enorme desequilibrio constante en cualquier país del mundo.

Sería absurdo negar el papel del factor biológico en esta enorme diferencia. No obstante, distintas investigaciones han puesto de manifiesto que el factor social mantiene y espolea estas diferencias encontradas. A continuación se repasará brevemente los resultados encontrados en cada vertiente.

Aproximación biológica y antropológica

Uno de los argumentos más fuertes a favor de la perspectiva biológica es que las diferencias en cuanto a conducta agresiva (tanto en forma, como en frecuencia) entre hombres y mujeres se manifiesta a edades muy tempranas, antes incluso de que el sujeto pueda ser consciente de las diferencias entre géneros y de las expectativas de rol que surgen entre uno y otro.

Además, los niveles de  testosterona han demostrado estar fuertemente relacionados con la conducta violenta en distintas especies animales y, en el ser humano, mientras que los varones, como media presentan unos niveles de testosterona de entre 300 y a 1.000 nanogramas por decilitro de sangre, en las mujeres estos niveles varían entre 15 y 70, lo cual supone que los varones presentan cantidades cerca de 20 veces mayor en cuanto a esta hormona.

La antropología también trata de dar una explicación a estas diferencias, basándose en dos grandes hipótesis (que no se consideran incompatibles): la primera de ellas se fundamenta en la selección natural, según la cual, en el origen de la especie, los varones humanos requerían de competir entre ellos para tener acceso a las hembras, lo cual hizo que la selección natural favoreciera a los individuos con el mencionado elevado nivel de testosterona.

La otra defiende que en las primeras sociedades se produjo una importante división del trabajo en cuanto a los distintos géneros. Debido a las restricciones que el embarazo y la maternidad ejerce sobre las mujeres, estas se especializaron en el trabajo recolectivo, en un entorno más social, dónde la conducta violenta e irracional podría resultar desfavorecedora, mientras que los hombres viajaban para realizar las tareas de la caza, dónde nuevamente la predisposición a la violencia física podría resultar adaptativa.

Aproximación social


No obstante, para explicar una conducta, difícilmente vamos a encontrarnos de que el mero factor fisiológico o el mero factor social sean capaces por si mismos de conseguirlo. Es por ello que distintas investigaciones, derivadas de la psicología social, han estudiado como el factor social mantiene y anima al mantenimiento de estas diferencias. Recientemente, el Dr. Ryan Martin, profesor de Psicología en la Universidad de Wisconsin y especialista en la investigación en cuanto a la conducta violencia, enumeró en un artículo publicado por Psychology Today, las cinco mayores aportes de las ciencias sociales sobre esta cuestión:

1.       La masculinidad es asociada con la ira: el papel de la identidad de género se puso en evidencia en una investigación llevada a cabo en 2014, en Australia, por Michelle Wharton y colaboradores indicó que las mujeres que mostraban una identidad de género más masculina, mostraban mayores niveles de agresividad que las mujeres que tenían una identidad de género más femenina. La misma relación se encontró entre la identidad de género con los hombres.
2.       Cuestionar la masculinidad favorece la agresividad: en otra investigación, esta vez en el año 2015, llevada a cabo por Julia Dahl y colaboradores, se le pidió a varios hombres que rellenasen un test con distintas preguntas relativas a comportamientos y creencias. Independientemente de lo que contestaron en el mismo, a la mitad de ellos se les dijo que mostraban un patrón “típicamente masculino” y a la otra mitad “típicamente femenino”. Posteriormente se le pasó otra serie de pruebas y, los del segundo grupo, mostraron mayores niveles de ira, mayor miedo a que los resultados se hicieran públicos y mostraban mayor deseo de dominancia social sobre las mujeres.
3.       Cuestionar los niveles de testosterona afecta a la conducta: el anterior estudio guarda relación con otro realizado en 2016 en la universidad de Gdasnk (Polonia), dirigido por Kosakowska-Berezecka. En este caso, a la mitad de los participantes (siendo verdad o no) se les dijo que mostraban niveles de testosterona mayores de lo normal y a la otra mirad que estos niveles eran menores que los esperados. Posteriormente se le pasó a cada sujeto  test de aptitud, en el que los que creían que se les había encontrado niveles bajos de esta hormona se manifestaron a favor de actitudes “estereotípicamente masculinas”, como meterse en peleas, mientras que aquellos a los que se les había dicho que tenían niveles demasiados altos se declaraban más a favor de la igualdad de género y de mostrar conductas más “típicamente femeninas” como realizar las labores del hogar.
4.       La masculinidad se relaciona con comportamientos fascistas, homófobos y machistas: en 2014, Bradley Goodnight, de la universidad de Georgia y otros colaboradores realizaron otro estudio en que se encontró una alta correlación entre tres variables y actitudes fascistas, homófobas y machistas. Estas tres variables eran: 1) status (creencia de que los hombres han de mostrarse siempre orgullosos e inquebrantables) 2) dureza (concepción de que los hombres han de ser rudos y físicamente fuertes) 3) antifeminidad (creencia de que los hombres deben de evitar comportamientos estereotípicamente femeninos).
5.       La “masculinidad latente” se evidencia cuando el hombre se emborracha: también en la universidad de Georgia, esta vez en 2015 y bajo la dirección de Rushelle Leone, se realizó un experimento en cuya primera fase se le pasaba a los sujetos un test de actitudes en cuanto a roles de género. En una fase posterior se controlaron dos variables, una de ellas era que el sujeto bebiera un brebaje, que en la mitad de los casos contenía alcohol y en la otra no, y la segunda era que la mitad administrarían descargas eléctricas a un oponente ficticio (pensando ellos que se trataba de una persona real) y la otra mitad las recibiría por parte de este. Las personas que además de mostrar actitudes “machistas” habían consumido alcohol, mostraron niveles mucho más altos de agresividad que aquellos que habían mostrado esas mismas actitudes, pero sin beber, o aquellos que habían bebido, pero sin mostrarse conforme con dichas actitudes. Los autores denominaron a este fenómeno “masculinidad latente”.

En conclusión, el factor social parece motivar el mantenimiento de la violencia masculina, si bien es verdad que al compendio de experimentos expuestos por el doctor Martin pueden ser también contemplar desde el fenómeno conocido como “Deseabilidad Social” y que en algunos de ellos, como por ejemplo el último, se contempla igualmente la influencia de un factor genético.