martes, 20 de diciembre de 2016

Cuando nuestro cargo está por encima de nuestra identidad. El Experimento de la Prisión de Stanford

En 1971, el psicólogo social Phil Zimbardo creó un experimento sobre una prisión ficticia en el que algunos sujetos adoptaban el rol de presos y otros de carceleros. La situación rápidamente se le fue de las manos.

En 1971 Phil Zimbardo convirtió el sótano de la facultad de psicología de la Universidad de Stanford en una prisión para realizar uno delos experimentos más famosos de la historia de la Psicología Social. Más allá de los hallazgos sobre el comportamiento humano que se puedan concluir del mismo, también ha sido particularmente relevante en cuanto al debate que suscitó acerca de los límites en la experimentación con humanos en esta disciplina.

Prisión Stanford
Placa conmemorativa del experimento de la Prisión de Stanford | Foto: BBC


En el experimento participaron 24 jóvenes, estudiantes universitarios, que habían respondido a un anuncio en el periódico para ofrecerse voluntarios para el mismo a cambio de recibir 15$ por cada día que permanecieran en el experimento, que estaba previsto para ocho días.

Zambrano y su equipo realizaron una investigación de cada uno de los voluntarios para asegurarse de que todos ellos fuesen personas sin ningún tipo de trastorno mental o de personalidad, además que todos fuesen de la misma raza y de un nivel académico similar. Una vez seleccionada la muestra de 24, por puro sorteo, se decidió cuales 9 realizarían el rol de carceleros y quienes serían los presos. Mientras tanto, Zimbardo y otros miembros de su equipo realizarían otras funciones, como la de alcaide, superintendente…

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Este es el anuncio con el que se buscaron voluntarios.
Estos roles se hicieron por mero sorteo, pero había una enorme diferencia en cómo se viviría la experiencia según a lo que a uno le tocase. Mientras que los nueve guardias sólo tenían que permanecer ocho horas al día (en turnos de tres guardias cada uno), los presos tenían que permanecer en sus celdas las 24 horas del día.

El objetivo del experimento era delimitar como el ambiente penitenciario era capaz de alterar el comportamiento de personas “normales”, tanto en un rol, como en el otro. Diez años antes, Stanley Milgram había realizado su famoso experimento, el cual le había servido para plantear la Teoría de la Cosificación, que mantiene que cualquier persona puede llegar a realizar actos atroces si estos le son ordenados por figuras autoritarias y Zambrano quería comprobar si esa misma “despersonalización” se produciría igualmente en ese ambiente.

Una experiencia de lo más realista


Para generar con la mayor fidelidad posible el ambiente penitenciario, el equipo experimental contaba con una serie de expresidiarios a modo de asesores.

Con la colaboración del Departamento de Policía de Palo Alto, Carlifornia, a los guardias se les proporcionó uniforme, una porra y unas gafas de sol de espejo para que ninguno de los presos pudiera mirarle a los ojos y leer sus expresiones.

Prisión Stanford
Guardias humillando a los presos | Foto: PsychoHaws
A los presos, sin previo aviso, les buscaron auténticos agentes de policía en sus casas para detenerles por “atraco a mano armada”, llevándoles a la comisaría de Palo Alto, dónde les tomaron las huellas dactilares y les realizaron las protocolarias fotos. Más adelante, con los ojos vendados, les llevaron a la prisión ficticia fabricada en la universidad, dónde se les desnudó, desparasitó y se les afeitó la cabeza, proporcionándoles como única vestimenta un camisón, sin ropa interior y un grillete en uno de sus tobillos. En dicho camisón llevarían escrito un número de identificación y tanto los carceleros, como los demás presos se referirían a él por ese número o serían castigados.

La prisión de Stanford estaba no tenía ventanas, por lo que cuando se apagaban las luces era imposible determinar el paso del tiempo. Además el espacio de cada celda, que era compartida por tres presos, tenía el espacio suficiente para albergar únicamente sus respectivos catres, por lo que el único espacio que tenían para andar era dónde dormían.

Cuando necesitaban ir al cuarto de baño, tenían que vendarse los ojos con una media de mujer para no conocer el camino de salida de la prisión.

Cada dos horas, a los presos se les hacía salir de sus celdas para un recuento. Con ello, en primer lugar, se les privaba de sueño y, por el otro, les servía para familiarizarse con su nueva identidad (el número que le había sido asignado).

Motín y sus consecuencias


Los sujetos a los que le había tocado en suerte ejercer de presos habían firmado previamente un contrato en el que se especificaba que podrían sufrir algún tipo de vejación y que su dieta constaría de lo mínimo requerido para sobrevivir, así como que se le violarían algunos de sus derechos. No obstante, solo al segundo día, se negaron a aceptar este destino con sumisión y pusieron en entre dicho la “autoridad” de los guardias.

Phil Zambrano
Phil Zimbrardo | Foto: Stanford
Los presos se rebelaron y armaron un gran alboroto, comenzando a exigir sus derechos como seres humanos. Los tres guardias que realizaban su turno en aquel momento debían de solucionar esta crisis sin intervención o consulta con los experimentadores. Lo que hicieron fue pedir ayuda a los que debían de entrar en el siguiente turno y todos ellos determinaron coger los extintores de incendios y activarlos contra los presos. Tras esto les despojaron a todos de sus camas y su ropa.

La rebelón se había contenido, pero los guardias iban a estar siempre en inferioridad numérica. No se podía pretender que los del turno siguiente o anterior estuviesen allí siempre. Así que determinaron sustituir la violencia física por psicológica. Aquellos presos que mostraban un comportamiento menos rebelde fueron los primeros que recuperaron sus privilegios (cama, ropa, posibilidad de ir al baño…), mientras que a los más revoltosos, sobretodo con el preso #5401, cabecilla de aquel motín, les hacían realizar numerosas flexiones, a veces con uno de los guardias subido a la espalda.

Esta primera serie de medidas enseñó a los presos que portarse bien era la mejor forma de pasar el rato allí dentro. Tiempo después, el criterio para quien obtenía privilegios y quien no, se transformó en puramente arbitrario, por lo que generó en los presos una sensación de indefensión e incertidumbre ante esos guardias que actuaban como dioses caprichosos.

Las cosas se fueron de las manos


El experimento adquirió unas dimensiones muy macabras y tanto para los presos, como para los carceleros, así como para los experimentadores les era difícil determinar dónde terminaba la simulación.

Varios presos empezaron a mostrar trastornos emocionales y cuando esto pasada, tanto los experimentadores, como los carceleros dieron por sentado que estaban fingiendo para ser liberados y se le castigaba por su “comportamiento rebelde”. El caso más extremo fue el del preso #8612, a quien Zambrano entrevistó por separado para tratar de convencerle que siguiera en el experimento. Cuando se produjo el siguiente recuento, este preso comenzó a chillar de que nadie podría salir de allí, que a pesar de que cualquiera de ellos renunciase, los experimentadores no le dejarían salir de la cárcel.
Los experimentadores decidieron concederle la libertad a #8612 y darle su plaza a otro voluntario que se había quedado en lista de espera. 

Prisión de Stanford
Uno de los guardas de la prisión | Imagen tomada de: prisionexp.



Este preso, que obtuvo el número de #416, mostró rápidamente un comportamiento rebelde, exigiendo que él y sus compañeros fuesen tratados con dignidad. Los guardias optaron por aislarle durante horas. Después se les dio a elegir al resto de los presos: si querían que #416 fuese liberado, tendrían que renunciar cada uno a sus propias mantas. Los presos se negaron a liberar a aquel compañero que estaba luchando por ellos a cambio de esa condición. Esto pone en evidencia que, gracias a las acciones de los guardias, aquellos que luchaban por los derechos de los presos eran visto por el resto casi como enemigos: alborotadores que solo traerían problemas y a los que había que acallar.

Zimbardo Prisión Stanford
Zimbardo entrevistándose con algunos de los presos |
Imagen tomada de: naukas.com
Otro de los casos fue el de #819. Quien tras sufrir un ataque nervioso, Zimbardo le aisló en otra habitación para alimentarle y proporcionarle atención médica. Durante la ausencia del experimentador, los guardias instaron a los demás presos a corear que el #819 era “un mal recluso”.

Zimbardo describió cómo ofreció a este sujeto experimental seguir reposando y que este, entre lágrimas y agitado le respondió que no podía porque tenía que demostrarle a sus compañeros que no era un mal recluso. En ese momento, el psicólogo social le recordó cual era su nombre real y que todo era un experimento: “Dejó de llorar de golpe, me miró como un niño pequeño que acaba de despertar de una pesadilla”, describió Zimbardo.

En uno de los últimos días, se simuló una vista para la condicional. A todos ellos, por separado, se les preguntó si estarían dispuestos a intercambiar su libertad, por el dinero que ya habían ganado por los días por los que había pasado del experimento. La inmensa mayoría contestó que si, para a continuación llevarse la decepción de que solo se tratase de una pregunta hipotética. No obstante, en realidad, cualquiera de ellos hubiera obtenido exactamente lo mismo si renunciaba al experimento, pero no lo hicieron porque ya se habían metido en su papel de presidiario.


John Wayne


Zimbardo tomó la determinación de concluir el experimento antes de tiempo al percatarse de lo lejos que había llegado todo. Esta asunción de los roles no sólo había llegado a los presos. El mismo se sentía como el alcaide de una verdadera prisión. No solo por el incidente ya relatado con el preso #819, sino porque ante el rumor de otro motín, elaboró una elaborada trama junto a los carceleros para impedirla (lo cual rompía una de las normas del experimento: que los experimentadores no intervinieran en las decisiones de los guardas) y, cuando estaba ante la puerta del sótano, esperando ese motín que nunca sucedió, uno de sus colegas de profesión, Gordon Bower, le visitó y al preguntarle cual era la variable independiente de su investigación, no supo que contestarle. 

Phil Zimbardo
Phil Zimbardo | Foto tomada de: Screwy

Además, una periodista acudió a hacer un reportaje sobre el experimento y al salir de allí mostró su enorme repulsa con lo que allí estaba aconteciendo. Lo cual es descrito por el experimentador como el hecho que terminó de abrirle los ojos.

Lo más sorprendente también fue cómo el transcurso del experimento cambió la actitud de los guardias. Estos pensaban que por la noche, cuando los experimentadores se retiraban a su hogar, las cámaras estaban apagadas y se registró como aprovechaban estos momentos para humillar a los presos, con prácticas que incluyeron vejaciones sexuales. Tal fue el compromiso adquirido con su tarea que algunos de ellos aceptaron realizar horas extras sin que por ello tuvieran ningún beneficio económico.

En su informe, Zimbardo separó a los guardias en tres tipos:

  • Los rectos: aquellos que se aseguraban que se cumplieran las normas de la prisión, sin mostrar compasión.
  •  Los malos: aquellos que además de esto último, disfrutaban torturando a los presos. Al guardia más duro, los presos le pusieron el mote de “John Wayne”.
  • Los buenos: quienes mostraban su desacuerdo con algunas prácticas y concedían favores a algunos presos a espaldas de sus compañeros. Estos últimos, sin embargo, nunca hicieron nada para evitar las tácticas de sus compañeros.

Cuando Zimbardo anunció que el experimento concluiría antes de tiempo, recibiendo todos los participantes la paga completa, todos los presos estallaron de alegría, mientras que algunos guardias se mostraron desilusionados.

Conclusión y críticas


Este es uno de los experimentos más reconocidos de la psicología social. Y, junto al anteriormente mencionado de Milgram, ponen en evidencia cómo personas normales pueden llegar a realizar actos retorcidos.

Una de las evidencias a favor de su popularidad fue que en el año 2001, el director alemán Oliver Hirschbiegel dirigió la película “El Experimento” basada en el trabajo de Zambrano. Esta cinta cuenta con un remake homónimo, de nacionalidad norteamericana y dirigió por Paul Scheuring. Además, en el año 2015, se realizó otra cinta, titulada "El Experimento de la Prisión de Stanford", dirigida por Kyle Patrick Álvarez, basada en el experimento per se.

Experimento de la Prisión de Stanford
Cartel de la película: Experimento
 de la Prisión de Stanford.
A pesar de ello, Zambrano y su equipo dejaron generaron demasiadas circunstancias experimentales y dejaron demasiadas variables sin control cómo para que este experimento sirva para sacar conclusiones empíricas acerca del comportamiento humano. Además, como se ha descrito anteriormente, no siempre se cumplieron los supuestos de lo que se denomina un trabajo de campo.

La pregunta que debería hacerse ahora es ¿Eso es realmente lo que pasaba en ambientes penitenciarios? ¿Sigue pasando?

Casualmente, muy poco después de que concluyera este experimento en Stanford, Estados Unidos vivió dos grandes motines penitenciarios, uno en San Quintín y otro en Ática. En ambos casos, lo que los presos reivindicaban era que se respetase sus derechos como seres humanos. Además, en el informe de Zimbardo se exponía cómo algunas de las técnicas que habían surgido genuinamente por sus guardias, habían sido aplicadas anteriormente en otros centros penitenciarios e incluso en campos de concentración.

Mucho tiempo después de este experimento, en el año 2009, el propio Zimbardo expresó que, en su opinión, estos factores habían empeorado con respecto al año en que realizó su experimento. Una de las principales causas, según este autor, es que, además de la despersonalización de la que hicieron gala sus guardias es que los grupos políticos necesitan mostrarse incompasibles ante la delincuencia con el objetivo de ganar votos.



Ya se ha dicho al inicio de este apartado que muchas variables no estaban controladas. Un aspecto a tener en cuenta es que los voluntarios que realizaron las funciones de guardias no recibieron ningún tipo de formación para desempeñar ese cargo y que ellos mismos acordaron las normas de la instalación. Hubiera sido muy interesante replicar esta situación experimental en la que los guardias hubieran recibido una formación en las que se les hubiera instruido en determinadas prácticas más lícitas o que a ellos mismos se les hubiera sancionado por determinados tipos de prácticas y comprobar si igualmente se hubiera dado esa tendencia a “endiosarse” y al sadismo.